Carta ll
Mi chula, hoy me comí una de esas manzanas verdes, las que te gustan. Se que lo hacen porque si yo fuera yo, no arriesgaría ni un centavo por algo que no me gusta.
He mirado cómo vas caminando por el mercado y despistadamente, mientras la mujer arrugada del gorro azul chismea, tomas una manzana y sales corriendo. Cruzas la avenida y te detienes para darle una mordida, te sientas sin vergüenza en la esquina para comer; girando esos ojos negros, esperando, traviesa, a que te atrapen, pero nunca lo hacen… No a tí, putita de mi vida. A ti no porque no hay razón de encarcelar a los que disfrutan de las cosas.
La acercas a tus labios, la rozas, sientes el olor del fruto, tu olor de naturaleza y la muerdes. No una mordida pequeña, una grande como queriendote comer al mundo de un bocado. Dejas que gire en tu boca, masticas, y la tragas y repites la acción; sonríes cuando la terminas, sonríes con labios rojos y dientes chuecos. Sonríes con los ojos pispiretos, con el cabello que se mueve con el viento, y con las manos mientras te relajas y jugueteas con el palillo de la manzana. Sonrío cuando te veo, aunque no te des cuenta. ¡Qué puta! Putita de mi vida, jamás he conocido a otra persona que guste más de la vida que tú.